Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente,
es hablar por los otros, es cargar con el peso
mortal de lo no dicho, contar años por siglos,
ser cualquiera o ser nadie, ser la voz ambulante
que recorre los limbos procurando poblarlos.

Pasa y sigue (1952), Gabriel Celaya

sábado, 9 de noviembre de 2013

Ministerios




Los ministerios son un misterio. ¿Cómo se explica que las personas que lideran cada una de las ramas del árbol del Estado sean sistemáticamente las menos aptas y las menos capaces?, ¿cómo se explica que las autoridades sean las voces menos autorizadas?, ¿cómo se explica que los puestos de mayor responsabilidad recaigan siempre en los más irresponsables? Los cargos, eso sí, están exentos de cargo de conciencia. Para ser ministro no hace falta saber hacer, sino saber ignorar; no hace falta saber decidir, sino saber escurrir el bulto; no hace falta ser competente, basta con ser mezquinamente competitivo. Un texto muy breve de El sentido disidente de la fábula ilustra este sinsentido:  

 

Dime de qué presumes y te diré de qué careces
 

            Es ministra de Agricultura alguien que nunca ha plantado una semilla.

            Es ministro de Trabajo alguien que en su vida ha dado palo al agua.

            Es ministro de Hacienda alguien que defrauda.

            Es ministra de Servicios Sociales alguien que los privatiza.

            Es ministro de Cultura alguien que jamás ha leído un libro.
 

 




En otro orden de cosas –aunque sin abandonar el ámbito de las parcelas en las que se divide el poder del Gobierno como si fuesen las porciones de una tarta–, no parecen menos significativas la tergiversación y las tretas mediante las que bautizamos a estos departamentos.
 
 

            Al Ministerio del Embrutecimiento lo llamamos «Ministerio de Educación».

            Al Ministerio del Desempleo lo llamamos «Ministerio de Trabajo».

            Al Ministerio de la Ignorancia lo llamamos «Ministerio de Cultura».

            Al Ministerio del Abuso lo llamamos «Ministerio de Justicia».

            Al Ministerio de la Enfermedad lo llamamos «Ministerio de Sanidad».

            Al Ministerio del Hambre lo llamamos «Ministerio de Alimentación».

            Al Ministerio de la Parálisis lo llamamos «Ministerio de Fomento».

            Al Ministerio de la Desertización lo llamamos «Ministerio de Medio Ambiente».

            No es casual, si asumimos el lavado de cara con el que afrontamos cada tarea en la era de la apariencia y la necesidad de buena prensa, que el Ministerio de la Guerra –que así se denominó al área militar en España desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX– se llame hoy en día «Ministerio de Defensa».

 

 

 En la imperecedera novela 1984 –cuya trama parece más vigente y nos resulta más tristemente familiar con el paso de los años–, George Orwell nos puso sobre aviso. En la novela de Orwell, el partido único Ingsoc está formado por cuatro tentáculos: el Ministerio del Amor, encargado de infligir dolor; el Ministerio de la Paz, responsable de librar la guerra; el Ministerio de la Abundancia, dedicado a perpetuar las carencias; y el Ministerio de la Verdad, que se ocupa de borrar el pasado y reescribirlo a su antojo. Si George Orwell levantase la cabeza, se llevaría una sorpresa: 1984, más que una obra de ficción, es ya un ensayo histórico o un libro de texto.

3 comentarios:

  1. Los nuevos tiempos nos demuestran, casi a diario, que la REALIDAD es capaz de superar con creces a la FICCIÓN

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  2. Inteligente manera de nombrar, Alberto. Es emocionante que alguien quiera darle vida a esos muertos que nos arrojan los políticos sobre el cuerpo para convertirnos en muertos

    Saludos

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